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Campañas Electorales. Alcances, límites y desafíos.

In ARTÍCULOS Y MÁS on abril 15, 2009 at 8:51 pm
Por Mario Martínez Silva
Todo sistema político o gobierno necesita que la gente crea en su derecho a ejercer el poder y aunque nunca logre la unanimidad, trata de crear un grado de consenso tal, que asegure que se le obedezca sin necesidad de recurrir a la violencia, salvo excepcionalmente.

Cuando los gobernantes tienen el derecho a gobernar y este derecho es aceptable para los ciudadanos, existe legitimidad y la obediencia se convierte en adhesión. La legitimidad comprende el origen del gobierno y la forma y contenido de su ejercicio, y corresponde a la imagen del poder que se considera válido en una sociedad.

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Hoy, tras la caída del llamado socialismo real, las elecciones libres y periódicas se están convirtiendo en la fuente principal de la legitimidad de origen de los gobiernos contemporáneos; mediante ellas se crea un sentimiento común de apoyo popular y de participación en los asuntos públicos, al mismo tiempo que permiten la transferencia pacífica del poder. El triunfo electoral sólo otorga autoridad para actuar conforme a las leyes y la cultura política prevaleciente, por eso los gobiernos deben mantener el apoyo de los ciudadanos mediante actos que sean vistos por ellos como legítimos. Esto es, las elecciones proporcionan una legitimidad de origen a los gobernantes, la cual debe ser continuada por otra legitimidad creada por su desempeño y los resultados de su actuar.

En ambos aspectos, las campañas políticas contribuyen a generar y reforzar la creencia de la gente en sus instituciones y en sus gobernantes. Los candidatos usan las campañas políticas para reforzar o cambiar la conducta electoral del pueblo, en cuyo caso se denominan campañas electorales; los individuos y los grupos las emplean para alertar, influir la opinión pública y movilizar el apoyo acerca de una cuestión de su interés.

El presente escrito sólo se refiere a un tipo de campaña política: la campaña electoral.

Las campañas electorales son tan antiguas como los métodos de votación, hace más de dos mil años Quinto Tulio Cicerón, escribió para su hermano Marco el primer manual de campaña. Las campañas modernas comenzaron a surgir a principios del siglo XIX, como consecuencia del voto universal masivo y del desarrollo de las comunicaciones que hicieron necesaria y factible la aparición pública de los candidatos en diferentes lugares y por diversos medios cada vez más variados y complejos.

A medida que se ha transitado del voto censitario al voto femenino y de la juventud, así como de los caminos de herradura y el ferrocarril al correo directo y las redes de información, los candidatos han ampliado sus posibilidades de llegar a más y más electores de manera instantánea y selectiva, y de aprovechar con mayor rapidez y flexibilidad las oportunidades que se abren durante la campaña, o que les brindan los errores de sus opositores.

En la actualidad, las campañas electorales constituyen una fase del proceso electoral y se realizan en el periodo previo a la elección, durante el cual candidatos rivales compiten por el apoyo popular; consisten en un conjunto de acciones lícitas, coordinadas y escalonadas, que tienen el propósito de persuadir a los electores para que emitan su voto a favor de un candidato.

Generalmente, las leyes regulan los métodos, la duración y los costos de las campañas electorales con el fin de asegurar el régimen de libertades, mantener la neutralidad e imparcialidad del gobierno y de igualar en lo posible, los medios para hacer campaña a disposición de los candidatos.

En esencia, las campañas electorales son una forma de comunicación política persuasiva entre los candidatos y los electores: sus temas, mensajes e imágenes tratan de convencer a los electores de la idoneidad de un candidato en referencia a un puesto en disputa y a la vez, señalar los puntos débiles de los otros candidatos, además de distinguirlo de sus competidores más cercanos. Cada candidato se ve obligado a definirse a sí mismo frente a los ojos de los electores de manera consistente con sus propuestas, por lo que tiene que estructurar una imagen consistente también. En este sentido, la comunicación política ocurre también mediante la presencia física, la vestimenta, las actitudes y el comportamiento de los candidatos, así como los actos que se organizan y los medios que se utilizan para llevar a cabo las campañas.

Comúnmente, las principales etapas que comprende una campaña electoral son las siguientes:

Identificación de electores. Mediante estadísticas de votación, encuestas y grupos de enfoque principalmente, las campañas pretenden identificar los grupos de electores que serán los blancos hacia los cuales se apuntará el esfuerzo de persuasión y cuya suma se estima producirá votos suficientes para obtener la victoria.

Campaña positiva y negativa. El esfuerzo de persuasión se concentra en los electores indecisos y en aquellos que apoyan débilmente al candidato (para reforzarlos) o a sus opositores (para disuadirlos). Se trata de inventar u orientar el ambiente comunicacional para la propia ventaja, de motivar y controlar el diálogo que se establece entre las mismas campañas, los medios masivos y el público, para que el debate se mantenga dentro de los temas que más favorezcan al candidato propio, de modo que luzca como el mejor y sus competidores como los peores. Este propósito es difícil de cumplir en la medida que cada candidato se esfuerza por llevar el debate a su propio terreno y que la prensa juega un papel activo en este diálogo, pues también trata de atraerlo hacia los asuntos que más le interesan. También, las campañas intentan provocar el efecto bandwagon, al sugerir y declarar como arrollador e inevitable el triunfo de sus candidatos; así como de restar votos a los opositores mediante la llamada campaña negativa.

Promoción del voto. Las campañas se ocupan de estimular la asistencia a las casillas de los electores que han identificado como apoyo para sus candidatos; para este fin se organizan vastos operativos de promoción del voto, pues no basta convencer, sino lo que cuenta son los votos que se depositan en las urnas.

La Jornada electoral. Se trata de estimular a los electores a favor y que se demoran en ir a las urnas, para que voten; así como que la votación se realice en tiempo y forma de acuerdo con la legislación electoral. Una vez cerrada la votación, se vigila el recuento de votos y la publicación de los resultados electorales. Si se ha logrado el triunfo, se difunde y celebra para reforzarlo.

A través de estas etapas, las campañas compiten por los votos mediante el contacto con los electores en tres planos: mediante los candidatos; por sus promotores, ya sea personalmente, por teléfono, correo e internet; y por los medios masivos con todo tipo de propaganda y de la información que envían a los medios noticiosos. Obviamente, todo esto requiere de un gran esfuerzo de investigación, planeación, dirección y control.

Las campañas de Eisenhower, Kennedy, Nixon, Reagan y Clinton en Estados Unidos, la del actual presidente de México y la de Berlusconi en Italia, han mostrado el poder de persuasión de las campañas, pero en realidad, sus efectos son muy difíciles de aislar de su contexto social y político más amplio, pues son sólo una de las numerosas influencias que inciden sobre el elector y son una influencia de corto plazo; hay otras influencias de largo plazo, como la economía, la estructura social y la cultura.

En cuanto a los resultados electorales, muchas elecciones están perdidas o ganadas de antemano aun sin hacer campaña, si las condiciones estructurales y coyunturales favorecen decididamente a uno de los candidatos. Pero la importancia estratégica de una buena campaña es indudable cuando no existe un triunfador evidente. Asimismo, el mayor impacto de las campañas en la votación se da en las siguientes condiciones:

1. Debilidad de los partidos,

2. Electorados despolitizados,

3. Elecciones locales que tienen menor visibilidad,

4. Lucha electoral en términos de las personalidades de los candidatos,

5. Elecciones reñidas y crisis generalizada.

En cualesquiera de estas circunstancias, las campañas pueden constituir la diferencia entre la victoria y la derrota. Dicho de otro modo, una buena campaña puede potenciar los factores de una situación, pero no crearlos. Sin embargo, al aumentar la votación, este incremento, por pequeño que sea, puede ser decisivo en elecciones muy competidas.

Los métodos y técnicas de investigación científica, los medios electrónicos de comunicación, las computadoras y la Internet han revolucionado la manera de hacer campañas electorales e incrementado su poder de persuasión. Esta transformación de las campañas ha originado nuevos desafíos que, en lugar de favorecer a la democracia plena, tienden a restringirla a sus aspectos más superficiales, a concentrar el poder económico, político y de persuasión, y a reforzar la pasividad de las masas.

Por ejemplo, con el uso de la televisión, las campañas se han personalizado; parece existir una tendencia a votar más por el candidato que por el partido o el programa, como resultado de la comunicación directa que los candidatos establecen con los grandes segmentos del electorado. En consecuencia, las campañas giran alrededor de un candidato y tienden a organizarse independientemente de la estructura partidista, en tanto que el debate en los medios informativos presta mayor atención a sus personalidades que a su partido o sus propuestas políticas. Son campañas centradas en el candidato, orientadas hacia los medios masivos y que hacen uso de complejas tecnologías de investigación y persuasión para identificar y llegar a los electores clave.

Los electores más persuadibles son quienes utilizan más a la televisión como una forma de entretenimiento, están menos interesados e informados de la política y poseen menor educación formal. Esta indiferencia y desinformación permite utilizar las mismas técnicas publicitarias comerciales que se aplican al consumidor para crearle necesidades. El voto que se pretende no es el voto racional, reflexivo, informado y comprometido al que deben aspirar la democracia y los partidos políticos, sino el resultado del impulso, del sentimentalismo, de la circunstancia, de la desinformación, del apoliticismo. ¿Es ésta es la democracia a la que aspiramos? ¿Estamos entrando a una nueva era de demagogos, preparada durante medio siglo por la televisión comercial?

Otro ejemplo: la complejidad que han adquirido las campañas electorales, las ha convertido en un nuevo objeto de estudio multidisciplinario sustentado en teorías y tecnologías de la ciencia política, la sociología, la psicología, la propaganda, e inclusive la publicidad y la mercadotecnia, que la investigación y la práctica han encontrado valiosas para planear y dirigir campañas electorales exitosas. Por eso las campañas se han profesionalizado. Existe la tendencia a encomendar las campañas a empresas o campañistas profesionales pagados bajo contrato, lo cual cancelará el ideal democrático de que sean los propios ciudadanos quienes convenzan de manera libre, voluntaria, informal y espontánea a sus conciudadanos de la necesidad de que un partido o candidato asuma un puesto público.

En Estados Unidos, se estima en más de cinco mil el número de empresas dedicadas a diferentes aspectos de las campañas electorales que integran la “industria de la democracia”. Ofrecen servicios en las siguientes áreas: entrenamiento de candidatos, bases de datos, muestreo, encuestas, grupos de enfoque, investigación de los opositores, estrategias, mensaje e imagen, definición de blancos, dirección de campañas, discursos y debates, software, colectas, correo directo, teléfono, videos, medios impresos, operaciones de campo, fax, Internet, cursos y seminarios, etc.

Así, la consultoría política ha planteado nuevos problemas éticos y políticos y de aplicación. Respecto al problema que se plantea de que los consultores políticos, “pistoleros a sueldo” como se les ha llamado en Estados Unidos, se conviertan en los nuevos sofistas de la democracia electoral, la Asociación Norteamericana de Consultores Políticos AAPC tiene un Código de Ética que compromete a sus miembros a no corromper o degradar su práctica profesional; a no injuriar la reputación profesional o personal de sus colegas y clientes; a no revelar ni aprovechar la información confidencial o privilegiada; a no usar llamados que apelen a prejuicios (racismo, sexismo por ejemplo), a la discriminación y a la intolerancia, sino al contrario, a la igualdad de todos los ciudadanos; a no lanzar ataques falsos o engañosos y a evitar tales prácticas; a fundamentar sólidamente las criticas; a actuar con honestidad frente a los medios y las autoridades; a facturar todo gasto; y a no apoyar a quien viole lo anterior.

Paralelamente, se ha originado el problema de la contratación de especialistas extranjeros y su abierta injerencia en asuntos políticos que sólo conciernen a los ciudadanos de un país. Según Larry Sabato de la Universidad de Virginia, “resulta inquietante que ciudadanos norteamericanos puedan influir en los procesos electorales de otros países, pues podrían ser una nueva arma de Washington para asegurar sus intereses en el extranjero”. Los consultores extranjeros ¿violan la soberanía nacional al participar en la toma del poder, ya no mediante las armas, pero sí por medio de las urnas?

Un ejemplo más: el uso de la televisión en las campañas y su profesionalización ya mencionados, han elevado exponencialmente su costo debido a los jugosos honorarios de los consultores y al alto precio de las producciones y transmisiones televisivas. En donde predomina el financiamiento privado, los candidatos se ven obligados a buscar más y más donadores entre los grupos de interés, los cuales adquieren con sus donativos, un importante control en algunas áreas legislativas y un poder efectivo de veto en las demás. En los países en los que existe gran financiamiento público como México, miles de millones de pesos se destinan a las campañas que en su mayor parte van a dar a las empresas de televisión y de cualquier modo también se allegan recursos privados y también adquieren compromisos con los grandes donadores privados.

A medida que la competencia entre los candidatos aumenta, crece también la necesidad de dinero para comunicarse con el electorado y si bien, el dinero no es el único recurso de la campaña, tener recursos, particularmente dinero, es cada vez más un prerrequisito del éxito electoral. En consecuencia, aumenta la tendencia de que los candidatos provengan predominantemente de las clases económicas superiores, únicos que por sí mismos o por sus apoyos económicos nacionales e internacionales pueden contratar los servicios de los nuevos condottieros políticos y disponer de recursos ilimitados para ganar las elecciones. A pesar de que obtengan la mayoría de los votos, ¿a quien representarán esos candidatos? y como gobernantes, ¿a cuáles intereses servirán?

Estos son algunos de los desafíos que plantean las campañas en los tiempos de las encuestas, la televisión y la internet. Los profesionales de las ciencias políticas tienen la oportunidad de convertir este nuevo campo de su ejercicio, en base y no obstáculo para la consolidación de nuestra democracia electoral y para la dignificación de la política.

Fuente: INEP

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