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Argentina: Para los políticos, no tanta risa

In ARGENTINA on mayo 14, 2009 at 8:12 pm
El “Gran Cuñado” de Marcelo Tinelli hace temblar a los candidatos. ¿El humor puede definir una elección?

Por: Juan Morris

Nada es lo que parece: muchos de los candidatos que están en campaña y el 28 de junio sonreirán en los afiches nunca asumirán sus cargos y su suerte, esos 2 ó 3 puntos de las encuestas que pueden hacer diferencia en una elección, quizás dependa en gran medida de la suerte de sus hermanos mellizos de Gran Cuñado: esa representación del mundo que más de cuatro millones de personas consumen cada noche desde sus hogares junto a ShowMatch, donde se mezclan el sexo y el espectáculo, la política y la vida privada, las coreografías y las cámaras ocultas, los patines y los sueños.

Esa parodia burda de los políticos locales que Marcelo Tinelli, ya había montado en varias oportunidades y que en 2001 ayudó a hundir un poco más al desconcertado gobierno de Fernando de la Rúa, resulta un reflejo de una precisión milimétrica del sistema político actual y las candidaturas “testimoniales”. Esos seres un poco monstruosos y deformes que imitan a los políticos son tan irreales como los políticos que se presentarán en las boletas para ser diputados y senadores y que nunca asumirán: en sus casas, la gente consume imitadores, dobles, caricaturas. En el cuarto oscuro, los electores votarán hologramas, dobles, falsos candidatos.

El lunes 11, a las 11 de la noche y con 36 puntos de rating (cerca de 3,5 millones de personas del otro lado del televisor, 10 veces más que las que ven “A dos voces” en TN, por ejemplo), empezó el show. Después de un clip con imágenes de los pingüinos de la película animada “Happy Feet”, doblada tan cómicamente por los cráneos humorísticos del clan Tinelli, el conductor por fin presentó a los seis primeros participantes de la casa de Gran Cuñado: Néstor Kirchner (Freddy Villarreal), Julio Cleto Cobos (José María Listorti), Francisco de Narváez (Roberto Peña), Alfredo De Angeli (Martín Campilongo), Mauricio Macri (Martín Bossi) y Elisa Carrió (Mauricio Jortack).

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Néstor, con un ojo totalmente bizco, saludador y pronunciando la “s” como “sh”. De Narváez con tatuajes en el cuello y el tobillo, hablando todo el tiempo como si se tratara de un spot publicitario y sin poder ocultar toda su riqueza. De Angeli sin el diente y campechano. Julio Cobos, vacilante y atormentado. Mauricio Macri, canchero, cheto y muy gestor. “Queremos una argentinidad no al palo, sino al polo. Vamos a ordenar el país: por Córdoba van a circular los cordobeses y por Santa Fe, los santafesinos”, dijo. Y “Lilita” Carrió, muy gorda, muy cristiana, muy apocalíptica. Al día siguiente llegarían los otros políticos incluidos: Alicia Kirchner, Aníbal Fernández, Carlos Reutemann, Cristina Fernández, Daniel Scioli, Felipe Solá, Fernando de la Rúa, Guillermo Moreno, Hugo Moyano, Luis D’Elía, Luis Juez, Nacha Guevara y Sergio Massa. Reutemann (Waldo), parco y misterioso. Juez (Fernando Ramírez), verborrágico y chistoso. “El ajuste en el Interior es tan fuerte que en las plazas hay dos próceres por caballo”, bromeó. Moyano (“Toti” Ciliberto), amenazante: “Si conducís, tenés que estar en mi gremio”, intimó a Tinelli. Massa (Mariano Iúdica), hiperactivo y siempre listo. Scioli (Jorge Fosetti), optimista y obsecuente. Cristina (Martín Bossi), con tono imperativo y chanzas contra Clarín. Terminó integrando la lista de los primeros cuatro nominados para salir de la casa por los votos del público. “Los políticos siempre deciden tu destino. Ahora, podés decidir el de ellos”, había invitado Tinelli.

Dentro del oficialismo hubo bastante revuelo antes del comienzo del show: llamados cruzados con los productores del programa y con el propio Tinelli, y la certeza de que ese show de masas puede alterar el escenario político. “Con semejante paridad, una imitación puede inclinar el fiel de la balanza”, habría dicho un funcionario kirchnerista, de acuerdo a Luis Majul. Tinelli, por lo pronto, reconoció haber recibido llamados de distintas figuras políticas: algunas pidiendo estar, otras rogando no estar, y otras más solicitando clemencia.

Hay llamadas que fueron más intimidatorias. El humorista Nik y Pablo Semmartín, guionistas de “Gran Cuñado”, recibieron amenazas anónimas por e-mail y por teléfono. “Hermano, no tenés nada a tu nombre pero sabemos que te mudaste a (…). Ojo, porque te vamos a dejar en fetitas”, le dejaron grabado a San Martín en el contestador de su celular. Él trató de quitarle dramatismo. “Hay demasiada historia de tragedia e intolerancia en este país como para que yo me victimice por este chiste”, dijo.
El humor político o, más precisamente, la burla a los políticos no es algo nuevo. Desde la época de los griegos clásicos, en la que Aristófanes exponía al escarnio público a los líderes sociales, los políticos han sido motivo de burla. En la Divina Comedia, Dante mandó al Infierno a los políticos de su época. En Ricardo II, William Shakespeare hizo lo propio con los isabelinos. La pregunta es qué incidencia política puede tener “Gran Cuñado” en las próximas elecciones. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si Cristina Kirchner quedara eliminada en la primera elección? ¿Y si Cobos resultara ganador? “Por el alto nivel de rating, hay mucha gente que va a tener información y contacto con la realidad política a través de la sátira”, explica Fabián Perechodnik, consultor político de Poliarquía. “Uno no puede decir que va a ser determinante, de ninguna manera. Pero que va a ser un elemento para formar opinión para un segmento de la población, no me cabe duda”.

En ese sentido, la pantalla también podría servirles a los candidatos como forma de llegar a los ciudadanos. La caricatura de Luis D’Elía es probable que desplace su imagen de patotero por una más amable o chistosa. El “no positivo” de Cobos puede convertirse en algo medular de su personalidad y de su imagen, a fuerza de la repetición que haga su imitador cada noche. “Si les sirve o no depende de la caricaturización que hagan, de dónde se agarren para imitarlos o burlarlos. El de Kirchner, por ejemplo, es un personaje muy cuidado. Si tuvo temor, habrá festejado después de verlo. Se atacó su costado risueño e informal, la imitación claramente lo benefició. Cobos, en cambio, se debe haber preocupado: lo mostraron como un De la Rúa”, explican Pablo y Doris Capurro, especialistas en comunicación y marketing político.

Otra pregunta es, después de todo, qué conviene: ¿estar o no estar? Para políticos como Néstor Kirchner, con un amplio conocimiento por parte de la gente, la presencia en el programa no es algo crucial, pero para otros políticos con un índice de conocimiento más endeble, estar, aunque ridiculizado, es mejor que no estar. “Depende del enfoque. A un político como Martín Sabatella le hubiera resultado espectacular estar. Ante el desconocimiento, le daba pantalla. Si sos muy conocido, te sirve según cómo te caricaturicen. A Kirchner lo favoreció y a Cobos no le suma, le resta. Ésos son los dos extremos”, afirma Capurro. Donde sí puede ser determinante, dice la socióloga María Braun, coautora del libro “Opinión pública. Una mirada desde América Latina”, es en aquellos candidatos menos conocidos. “En políticos como De Narváez o Stolbizer, que todavía tienen índices de desconocimientos significativos, un programa como el de Tinelli puede tener influencia. Lo ve mucha gente y hace conocidos de forma masiva a otros políticos”, describe Braun, quien es representante en la Argentina de la Asociación Mundial para la Investigación en Opinión Pública.

Capurro va un poco más allá y dice que, desde el punto de vista del marketing, pueden incidir en el público hasta hechos menores, como la forma en que trata Tinelli a los personajes, con cuánta simpatía. Algo que no se ve de manera inmediata pero que viaja al inconsciente de los televidentes. “A la audiencia también le queda eso. La relación que muestra Tinelli con cada personaje antes de entrar a la casa, cómo los abraza, muestra a quién le da su apoyo y a quién no. Y eso, para el público de ShowMatch, que tiene una buena imagen de Tinelli, suma”, precisa. En ese sentido, para los analistas no pasa inadvertida la forma en que el programa toma posición. A De Narváez le buscaron deschavar el costado marketinero: cada vez que hablaba su personaje lo hacía como si fuera un spot, con música épica de fondo. Y a Macri, mientras tanto, se lo mostró como un político de gestión, con una capacidad de generar proyectos compulsiva.

Con Kirchner prefirieron casi ni meterse y hacer hincapié en su ojo bizco y en su frase “¿Qué te pasha, Clarín?” (Kirchner, el verdadero, está embarcado en una pelea con el multimedios y había dado una entrevista a Telefe tres días antes). Suena inverosímil, pero Néstor Kirchner, famoso por tener las paredes de su oficina tapizadas de monitores con canales de noticias, dijo no haber visto el programa. Mientras tanto, figuras como De Angeli y De Narváez reaccionaron de buena manera. “Por ahí a través del humor podemos entablar algunos diálogos y buscar soluciones para el sector”, señaló De Angeli. Y De Narváez dijo: “Le puso la sátira, la pimienta que se necesita”. “Todos estaban muy bien, pero el personaje de Mauricio tenía ciertos gestos que, para uno que lo conoce, eran impresionantes. Creo que dieron en la tecla”. Macri, el verdadero, opinó por su parte: “Por supuesto, me reí mucho más cuando pasaron los otros. Hay cosas exactas y otras que se sobreactúan. Hay que tener sentido del humor. No me gustó que me pusieran tantas canas”.

El martes 12, en una encuesta de Perfil.com, un 47 por ciento opinó que la parodia a los políticos en “Gran Cuñado” los perjudicaba porque “los ponen en ridículo”. Mientras tanto, la consultora Management Político condujo un sondeo en la Ciudad de Buenos Aires para evaluar de qué manera veía la gente esta ridiculización. Al 56,1 por ciento le pareció positiva, un 26,6 creyó que perjudica a la democracia y a un 17,3 no le interesó.

Una explicación para este fenómeno está en el contexto en que se da el programa. En un país donde la gente percibe la política como un lugar sucio y corrupto que no ofrece soluciones para sus problemas, un programa como ShowMatch, que llega a millones de personas que miran todas las noches a Tinelli pero cuando se cruzan a un político en la tele hacen zapping, un programa como “Gran Cuñado” realmente puede moldear la opinión de la gente. “En un país normal sería irrelevante”, apunta Perechodnik. “Pero acá se alteran las reglas de la política todo el tiempo y la gente se siente muy alejada. Entonces, al tener tan poca llegada a la gente los candidatos por sí mismos, un programa así cobra relevancia política. Lo paradigmático es que esto generó inquietud en todo el sistema político”.

Mientras tanto, los candidatos siguen con atención el programa. La percepción mágica de Tinelli para interpretar el humor popular actúa como un bisturí que los disecciona. Cuando “Fernando”, lento, torpe, desorientado, fue humillado en “Gran Cuñado”, nadie pensó en Freddy Villarreal, el actor detrás de la máscara. El damnificado, fue, sin duda, el ex presidente Fernando De la Rúa. Ajenos de las pantallas, en tiempos que la política pierde terreno en la televisión, “Gran Cuñado” se transforma en el espacio de mayor debate, o, al menos, el espacio en el que millones de personas se acercan a la política. En Estados Unidos, los debates presidenciales son un rito obligatorio. Los candidatos discuten, en una, dos o tres ediciones, sus ideas y planes de gobierno. Repasan la agenda y le hablan a la gente que está en las casas o en los bares.

En nuestro país, los partidos políticos están resquebrajados, los candidatos se postulan para no asumir, los contenidos no importan. Pero sería un error de nuestra parte suponer que son los políticos las principales “víctimas” de la imitación sagaz, del ridículo, del vacío. La de “Gran Cuñado”, en el fondo, es también nuestra propia parodia.

Fuente: El Argentino

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