thecommunicationslab

De grandes oradores a políticos tecnócratas

In ARTÍCULOS Y MÁS, ESPAÑA on junio 1, 2009 at 8:35 pm
El trigésimo presidente de los Estados Unidos de América, John Calvin Coolidge, relataba una anécdota muy simple, pero llena de sustancia. Un campesino escuchó durante horas el discurso de un político. Cuando le preguntaron de qué había hablado el orador, el hombre respondió: «No lo sé, no lo ha dicho».

Por Lucia Mendez

El Parlamento español ha ido perdiendo paulatinamente la brillantez oratoria de épocas pasadas. Los grandes discursos de las Cortes republicanas, la brillante ironía de los líderes, la capacidad de improvisar y las réplicas inteligentes en la tribuna de oradores han dado paso a intervenciones escritas que el orador lee sin saltarse ni una coma. Los parlamentarios de nuestro tiempo llevan preparadas incluso las réplicas y dúplicas.

La Asociación de Periodistas Parlamentarios tiene cada año más dificultades para elegir al mejor orador de las Cortes. El último diputado galardonado con el Premio Castelar fue el portavoz de CiU, Josep Antoni Duran Lleida. Y el ministro Rubalcaba -con una capacidad dialéctica envidiada por muchos compañeros- es el favorito de las tribunas del público.

Seguir Leyendo…


Los años de la Transición y siguientes sí fueron pródigos en oradores de primera, como Xabier Arzalluz -apasionadamente lenguaraz-, Fernando Suárez -jurista mordaz-, el catalán Miquel Roca -refinado y elegante-, Alfonso Guerra -la lengua más afilada y peligrosa de la política española-, Nicolás Sartorius -la sobriedad intelectual-, Miguel Herrero -la ironía como arma letal- y Felipe González, el presidente más carismático y convincente hasta que se torció. Junto con Suárez -que con su última intervención en la campaña del 79 impidió la victoria del PSOE-, Felipe González es el único político que ha condicionado el resultado de un referéndum presentándolo como un plebiscito a su favor. Su discurso advirtiendo a los votantes de que él no gestionaría el no a la OTAN fue decisivo para la victoria del sí en la consulta del 12 de marzo de 1986.

El caso de Adolfo Suárez era distinto. Al primer presidente de la democracia se le daba mejor hablar por la televisión desde su despacho que en la tribuna de oradores. «No soy Maura, ni Dato ni Canalejas», era uno de sus reconocimientos favoritos, por lo que solía dejar la labor de responder a la oposición en sede parlamentaria en manos de su vicepresidente, el malogrado Fernando Abril, cuyas dotes para la oratoria eran mejorables, como se puso de manifiesto en su discurso de la moción de censura presentada por Felipe González contra el Gobierno de Suárez en mayo de 1980. El medio favorito de Suárez era la televisión y en ella compareció para pronunciar su más celebre discurso, aquél en el que anunció su dimisión asegurando que no quería que la democracia «fuera un paréntesis» en la Historia de España.

Pocos han sido los diputados que en las últimas décadas se han atrevido a subir a la tribuna sin papeles: el canario José Carlos Mauricio -capaz de improvisar intervenciones con la sola ayuda de sus manos-, el vasco Emilio Olabarria -capaz de enseñar nuevos términos jurídicos en cada intervención- y el inefable radical Fernando Sagaseta, uno de los verbos más encendidos que ha conocido el actual Congreso.

Conforme se ha ido consolidando la normalidad democrática, los grandes oradores de antaño han sido sustituidos por diputados con perfiles más tecnócratas, cuya finalidad al subir a la tribuna no es tanto convencer de las propias posiciones como destruir las del contrario.

Además, la historia de la joven democracia española demuestra que no siempre los políticos con fama de brillantes y carismáticos ganan los debates. El ejemplo más claro de esta regla es el de José María Aznar, hombre que despertaba escasos entusiasmos como orate y que, sin embargo, primero desde la oposición y después desde La Moncloa se convirtió en uno de los oradores más temibles del país. Ganó a Felipe González casi todos los debates del estado de la Nación. Su «¡váyase, señor González!» del discurso pronunciado en 1994 ya está en la Historia. El caso contrario es el de Josep Borrell. El ex ministro socialista estaba considerado uno de los parlamentarios más brillantes de la Cámara hasta el debate del año 88, en el que se lió con los famosos «devengos» y puso punto y final a su fugaz liderazgo del PSOE.

Fuente: El Mundo

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: