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Reflexiones sobre la política y la moral

In ARTÍCULOS Y MÁS on julio 13, 2009 at 2:33 am
Por Claudio García

Simone de Beauvoir cuenta en “La ceremonia del adiós” que a su compañero Jean Paul Sartre le preocupaba en sus últimos años –entre otras cosas- si debía optar entre la política o la moral “o bien si la política y la moral no eran más que una misma cosa”. Se sugería un sentido menos elevado o menos positivo de la política y superior en el caso de la moral. O en todo caso la primera ligada a los medios y la segunda a los fines. Por algo, por su compromiso político –que en sus últimos años lo transitó de la mano de algunos grupos maoístas- decía que los trabajadores debían pelear por una “sociedad moral”, una sociedad “en la que el hombre no alienado pueda encontrarse a sí mismo”.

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En esto se emparentaba con Marx, quien consideraba que la praxis, la praxis política, debía tener como fin liberar al hombre de la alienación o enajenación, no sólo del trabajo. La enajenación, como explicó Erick Fromm en su libro sobre Marx, es esencialmente experimentar al mundo y a uno mismo en forma pasiva, receptivamente, como sujeto separado del objeto. Marx creía que la clase trabajadora era la clase más enajenada y de ahí que la emancipación de la enajenación partiera necesariamente de la liberación de la clase trabajadora. El socialismo era algo así como la meta moral. (Una reflexión aparte: Marx no previó la medida en que la enajenación –en este mundo donde poco se visualiza un horizonte socialista- habría de convertirse en la suerte de la gran mayoría de la gente, especialmente del sector cada vez mayor de la población que manipula los símbolos y los hombres más que las máquinas. El empleado, el vendedor, el ejecutivo están actualmente tanto o más enajenados que el trabajador manual calificado. El funcionamiento de este último todavía depende de la expresión de ciertas cualidades personales como la destreza, el desempeño de un trabajo digno de confianza, etc., y no se ve obligado a vender en el contrato su “personalidad”, su sonrisa, sus opiniones; los manipuladores de símbolos son contratados no sólo por su capacidad, sino por todas esas cualidades de personalidad que los hacen ‘atractivas cajas de personalidad’, fáciles de manejar y de manipular) Una sociedad como la quería Marx o como la quería Sastre, una sociedad “en la que el hombre no alienado pueda encontrarse a sí mismo”, es aquella en que el hombre pueda superar la enajenación de su producto, de su trabajo, de sus semejantes, de sí mismo y de la naturaleza; en la que pueda volver a sí mismo y captar al mundo con sus propias facultades. Algo que necesariamente va de la mano con el eje de toda política de izquierda o progresista: la búsqueda de la igualdad. Al decir emancipación de la enajenación, estamos diciendo liberar al hombre de sus cadenas, no sólo de las económicas, sino de la espiritual creada por la enajenación. Sartre y Marx nos estarían diciendo que la política se justificaría en función de fines morales, como sería esto de una sociedad sin alienación. Algo de esto escribió también Gramnsci al decir que la política es “inmoral” no, por ejemplo, porque un político no es honesto –si bien ser honesto es un factor político necesario- sino porque “se aleja de su finalidad o no crea condiciones que aproximen a la misma”. La política y la moral estarían indefectiblemente ligados en esto de obtener los compromisos contraídos. Algo de esto también dijo Julien Freund en “La esencia de lo político”: “Rechazo la política moral pero acepto una moral de la política que consiste en cumplir el fin de la política y no fines exteriores a ella… Así, hay una moral de lo político, en tanto que el político debe cumplir su fin político y no otros fines exteriores a su esfera. Esto es lo que llamo esencia de lo político”.

Avancemos en este marco de reflexiones con la pregunta: ¿Puede tener moral la política? Maquiavelo fue el primero en teorizar precisamente sobre la separación de una y otra. La política no podría atender ninguna consideración teórica o juicio moral por fuera de la realidad. Ni siquiera existiría la duda weberiana entre ‘la ética de la fe’ y ‘la ética de la responsabilidad’. Lo que importa es el poder, llegar al poder o mantener el poder para quienes ya están en la ‘cúspide’ de la política. En función del poder, ¿quién querría entonces acercar lo más posible la moral a la política? Todo es el más crudo pragmatismo y el fin siempre justifica los medios. Precisamente la importancia que cada vez más se le otorga al marketing político, marca claramente toda separación entre política y moral. Porque el marketing es ante todo el ‘cómo decir’ no el ‘qué decir’. Importa poco el contenido, importa poco hacia qué tipo de sociedad se camina, y sin contenido y sin fines obviamente no hay moral. Un ejemplo en la última elección del 28 de junio lo dio Francisco De Narváez. Asesorado por un gran equipo de campaña –consultores, asesores de imágenes y comunicadores sociales- el candidato bombardeó con imágenes, con consignas sin demasiado contenido, aquello de ‘tengo un plan’ sin explicitar el contenido de ese plan, es decir, en todo momento dejó tras bambalinas cuál es su programa al momento de representar a los votantes.

Juan José Sebreli escribió –al reflexionar sobre la diferenciación weberiana entre ‘la ética de la fe’ y ‘la ética de la responsabilidad’- que aunque constituya una utopía inalcanzable la total identidad entre moral y política, se puede tratar de aproximar lo más posible, es decir, atender líneas de acción que no necesariamente sean garantía de una realidad inmediata. Y esto desde la mirada del político. Mirado desde la sociedad civil, implica tratar de imponer reglas y restricciones que permitan controlar y limitar los elementos de inmoralidad inherentes a toda práctica política.

El filósofo italiano Roberto Esposito escribió un ensayo muy vinculado a este tema: “¿La política es todavía un valor?”. Lo publicó la revista Ñ hace un par de años. Dice en cierta medida que pensar a la política como un valor sería “una perspectiva utópica”. Reflexiona que si tomamos a la política como un modo de ordenar el conflicto, de mantenerlo dentro de límites no destructivos a través del ejercicio de poder, necesariamente la política ni fue ni es un valor. Pero menciona también que si bien la política no se identifica con un valor, tampoco es un dis-valor, un valor negativo. Aquí incorpora el tema del interés o de los intereses. Señala que los valores “solamente pueden vivir encarnados, arraigados, en el mundo de los intereses”. El interés, aclara, como algo totalmente distinto de lo puramente personal, sino que reclama la relación, la interacción, entre los hombres. “Una política de valores puros, que siga solamente una ética de la intención desarraigada de grandes intereses colectivos, sería una política irrealizable, una no-política… O peor aún, una política negativa, una contra-política. Pero también vale lo contrario: una política solamente de intereses, de intereses desarraigados, libres de los valores, sería también una no-política, una política tan empobrecida y vaciada, que se convertiría en pura técnica de poder, pura ambición o enriquecimiento personal”, señaló. Para Esposito hay cada vez más –tanto en su país, Italia, como en el mundo- una separación “entre intereses y valor, de una creciente autonomía de los intereses desde toda dimensión general, universal, colectiva a favor de la ventaja personal, de clase, de corporación. Pero esta deriva economicista y privatista de lo político… no es solamente el resultado de una decadencia o una degradación subjetiva de los nuevos políticos, incapaces de reconocer el carácter general, público, no privado, del interés”. En este marco señala que el retroceso de la política de los valores es a la vez reflejo objetivo de cómo se ha venido constituyendo la democracia moderna. Es decir, la democracia entendida “como pura representación de los intereses, como técnica neutral de definición del juego político”. En otras palabras, una democracia donde lo esencial no es la participación política en el gobierno de la cosa pública. En su ensayo, Esposito sigue reflexionando sobre otras cosas. Habla, por ejemplo, de la relación entre liberalismo y democracia. Precisamente, cuando el liberalismo pasa a ser el “horizonte” de las sociedades, de la política, la democracia retrocede como “ideología de la igualdad”, ya que por definición, el liberalismo es “ideología de la diferencia”. Pero lo importante de lo señalado, para pensar en ese marco global planteado de la política y la moral, es que el interés está en la base de la política, y que puede haber ‘valor’ o ‘moral’ cuando el político se pone en línea con el interés colectivo, pero no cuando el político privilegia “la ventaja personal, de clase, de corporación”.

Fuente: Agencia Periodística Patagónica

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