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El verbo se hizo imagen

In ARTÍCULOS Y MÁS on octubre 13, 2009 at 1:50 pm
Por Juan Carlos Arguelles

Si en el principio fue el verbo, a lo largo de los últimos dos milenios y hasta fechas muy recientes, el tiempo histórico ha quedado reflejado para la posteridad mediante la conversión del verbo en palabra escrita. El lenguaje representa un reflejo fiel de cada momento y cada coyuntura trascendente. Sin embargo, ya desde la prehistoria, la yuxtaposición de dibujos (imágenes en los tiempos modernos) y textos escritos, ha sido el mejor -y a menudo, único- testimonio del acontecer humano sobre la tierra. La palabra ha evolucionado en paralelo con el desarrollo humano, debiendo adaptar su sintaxis a las circunstancias particulares, a fin de ofrecer una explicación entendible de los acontecimientos, así como la transmisión fidedigna de los mismos. El otro gran don del verbo reside en haber sido la plasmación de pensamientos, ideas o doctrinas convertidos en germen de religiones, revoluciones políticas y movimientos sociales universales. Y por extensión, en instrumento de poder, tortura o manipulación.

La historia es prolija en este tipo de ejemplos: grandes imperios y alianzas de conveniencia, batallas épicas y revoluciones sangrientas se han fraguado por virtud de la palabra hecha carne. Pero el panorama ha cambiado en los tiempos modernos, desde la irrupción de la fotografía hasta el prodigioso desarrollo de los medios audiovisuales, la comunicación humana ha restado preponderancia al verbo en favor de la imagen; siempre la televisión y actualmente los sistemas informáticos han instaurado un nuevo vehículo de comunicación universal, determinando modos específicos de convivencia e interrelación entre sociedades geográfica y culturalmente muy distantes que desembocan en la denominada aldea global. Cualquier acontecimiento de cualquier índole en el sitio más recóndito es transmitido instantáneamente y visionado por todo el orbe; haciendo válido el aforismo… «una imagen vale más que mil palabras»; las emisiones audiovisuales copan el protagonismo principal del evento, reservando un papel secundario a la palabra. Aunque, a posteriori, sesudos paneles de expertos puedan analizar y desmenuzar las repercusiones del hecho, no siempre con criterios rectos e independientes.

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En asuntos de no poca enjundia, caso de votar la designación de quién detendrá el gobierno de los pueblos, se manifiesta esta traslación verbo-imagen como motor de influencia. Las direcciones de los partidos contendientes alardean de sus pensados y trabajados programas electorales, pero éstos no son más que letra muerta que, prácticamente, nadie ha leído y aun menos recuerda al mes de celebrados los comicios. Por el contrario, la apariencia y atractivo mediático, la galanura y aire seductor de los candidatos-estrella en comparecencias públicas, sus gestos y actitudes más que su preparación y capacidad, son los argumentos que parecen tener un peso decisivo en la elección. En los albores de la tele, los yanquies ya fueron pioneros del marketing político: se cuenta que en la derrota del waterguetiano Nixon frente al glamuroso Kennedy, resultó decisivo que Nixon se presentara a un debate televisado mal afeitado y con signos de impaciencia, mirando el reloj. Por estos pagos más modestos, la leyenda atribuye a un joven abogado sevillano la elección primorosa de su atuendo y del perfil más angelical para arrasar en la propaganda electoral.

Negro porvenir nos espera a quiénes siempre hemos vivido apegados a la palabra y nunca podremos ganarnos el sustento en base a nuestra imagen o presencia pública. Se discute si los libros y la prensa escrita tienen los días contados y serán exterminados por el avance inexorable de los sistemas audiovisuales. Mientras se resuelve la incógnita, libros y periódicos -éstos con todas sus inclinaciones y limitaciones- continúan siendo el último refugio de la palabra escrita: sensatas editoriales, agudos artículos de fondo o sagaces y brillantes columnas, algunas verdaderas joyas literarias (no este tostonazo, por cierto), constituyen una invitación a la lectura plácida, a la reflexión sosegada y el análisis crítico, elementos esenciales para la formación de criterios propios esenciales para un ciudadano libre; ajenos a la zafiedad y el rebañismo grupal que preconizan ciertos canales televisivos. En alguna parte he leído, que el personal con vocación lectora desarrolla una vida personal más rica e intensa respecto al televidente (¿?), aunque tampoco hay que presumir ni hacerse ilusiones: ya nos recordaba Oscar Wilde que la diferencia entre periodismo y literatura reside en que el periodismo es ilegible y la literatura no se lee.

Fuente: La verdad

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