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Argentina: El debate de 2011 se nutre de ilusiones

In ARGENTINA on octubre 19, 2009 at 12:30 am
Por Alejandro Horowicz

La biografía política de Eduardo Duhalde carece de excesivas complejidades: todos sus cargos los obtuvo por integrar las filas del Partido Justicialista, con un plus: sus sutiles acuerdos con la UCR del mismo distrito.

Cuando la renovación de los ’80, de la mano de Antonio Cafiero y Carlos Menem, reajustó la tradición obrera del cuarto peronismo corriendo las devaluadas direcciones sindicales de la decisión política, Duhalde era intendente de Lomas de Zamora. Desde allí, mediante una apuesta no pequeña y un riesgo calculado, se transformó en uno de los dos integrantes victoriosos de la fórmula presidencial del justicialismo para las elecciones del ’89. Alcanzar la victoria en la interna con Cafiero –victoria que nadie esperaba– lo tuvo por principal artífice material. Y allí estableció el puente que siempre le permitió contar con el radicalismo para los momentos complejos de la política nacional. Una suerte de bipartidismo sotto voce que con mano diestra compartiera con el extinto Raúl Alfonsín.

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Desde esa novedosa plataforma, su capital político comenzó a cotizar en las grandes ligas. El salto hubiera abismado a cualquiera que no supiera exactamente qué hacer –ése no era el caso del vicepresidente de la República– que se ocupó de construir una maquinaria política capaz de encuadrar el peso específico de la militancia bonaerense, sobre todo de la derrotada renovación, sin que el celoso presidente se pusiera nervioso.

A la hora de la verdad, cuando Menem se lanzó a la reforma constitucional que abriera paso a la reelección presidencial, Duhalde ya ocupaba la estratégica butaca de gobernador de la provincia de Buenos Aires, y desde allí dinamizó el procedimiento que reubicó a Menem en la Casa Rosada. En esos complejos años ni una crítica a la política neoliberal salió de su boca. Más bien parecía un menemista de paladar negro, y por tal motivo el propio presidente favoreció su desembarco en tan decisiva gobernación. La cosa cambió cuando Menem (sin escuchar la decisión de su principal aliado, al que erróneamente consideró tropa propia), resolvió lanzarse por la tercera presidencia. No sólo violaba la letra y el espíritu del Pacto de Olivos –el acuerdo con Alfonsín para que la reforma constitucional del ’94 no arrojara frutos inesperados– sino que mostraba a una oposición incapaz de frenar al caudillo riojano. Aunque la UCR controlaba entre otros distritos Capital Federal, Fernando de la Rúa era su jefe de gobierno, no lograba constituirse en polo opositor por falta de peso específico. Duhalde muestra su aptitud para el enfrentamiento, al convocar a un plebiscito en la provincia; los bonaerenses debían decidir si estaban a favor o en contra de un tercer mandato. Fue suficiente; por boca de su ministro del interior hizo saber que renunciaba a la postulación. La respuesta fue terrible: Menem desenganchó las elecciones presidenciales de las de gobernadores, de modo que un resultado se independizaba del otro, y por esa vía construyó la victoria del candidato de la Alianza.

Un Menem blanco, impoluto, con convertibilidad y sin corrupción fue el patético sueño de la sociedad argentina del ’99. Duró poco. El derrumbe del gobierno fue obra, sobre todo, del propio presidente; la convertibilidad le estalló en la cara, y la furia de toda la sociedad fue acompañada por la estratégica movilización bonaerense. Entre las ruinas humeantes del menemismo inviable surgió –Congreso de por medio– el senador Duhalde, quien aceptó que el mercado llevara la devaluación del dólar al 3 a 1, y el crédito público hasta el default. Había que barajar y dar de nuevo. El puente Pueyrredón, el asesinato de Kosteki y Santillán, aceleró los trámites sucesorios, y Duhalde resolvió que tres candidatos justicialistas, Néstor Kirchner, Carlos Menem y Adolfo Rodríguez Saá, en interna externa, disputaran una elección presidencial donde el radicalismo arañó la más absoluta intrascendencia.

Era obvio que Kirchner era el pollo oficial y que por serlo ganó esa elección. El distanciamiento entre ambos dirigentes estaba en la naturaleza de las cosas –el poder no se comparte– y la victoria del matrimonio presidencial parecía cerrar el ciclo de Eduardo y Chiche Duhalde. No fue así; el retorno de los muertos vivos es una especie de clásico de la política argentina, pero la sorpresa mayor ya no pasa por el lugar de Duhalde en la política nacional sino la voluntad de Duhalde por ocupar la poltrona presidencial.

Si Duhalde aceptara ser el armador de la política del peronismo opositor su lugar estaría fuera de debate, desde el momento en que pretende legitimarse en las urnas todo cambia. Dicho de un tirón: su candidatura habilita todas las candidaturas y al hacerlo todos los candidatos –reales o imaginarios– sienten que una gota de los óleos de Samuel basta para que los granaderos golpeen los talones en la entrada de Balcarce 50. Y esa ilusión organiza, por ahora, el debate presidencial de 2011.

Fuente: El Argentino

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